Por Rodrigo Veit.

Esta no es una historia más, o quizás sí. En este relato vas a pasar frío, hambre, sed, miedo, vas a caer preso y vas a sobrevivir. En definitiva, es la historia de Alberto Duré, quien nació el 28 de mayo de 1963 en una colonia aborigen en la provincia del Chaco, pasó por la Guerra de Malvinas y hoy puede contar su historia. Actualmente es un vecino de Maciá, casado con Mari Muñoz y un veterano de aquella etapa oscura que vivió la Argentina.


Un muchacho joven de 18 años y con la bandera de su país tatuada en el corazón. Ese es Alberto Duré, quien a esa edad culminaba el servicio militar, uno de sus objetivos en la vida. Oriundo de una de las provincias más pobres del país y con toda una historia por delante, cuya gran parte muchos la definen como una etapa en la que corrió mucha sangre joven en la Argentina, manchada por un golpe militar y una guerra que dejaría 122 cruces blancas en el cementerio de Darwin y 649 argentinos caídos que hoy en día son recordados por todo el pueblo celeste y blanco.

El 5 de febrero de 1982, año en el que Maciá era gobernado por Kuki Bahler, Alberto recibía una carta la cual le informaba que debía presentarse en el único regimiento militar de la mencionada provincia. Al día siguiente, luego de su desayuno y recibida su vianda, partieron él y otros soldados con destino a Mercedes, Corrientes, al Regimiento de Infantería 12. Grandes galpones con camas cuchetas y un televisor a lo alto rozando el techo eran las habitaciones. Allí recibieron armas, municiones, vestimenta, y un corte de pelo adecuado, para no decir que los pelaron.

La noticia principal de la Televisión Pública el 2 de abril de 1982 a las 6 de la mañana fue histórica: Argentina había recuperado las Islas Malvinas. 11 días después, el grupo de Alberto partía en tren con destino a la provincia de Río Negro. El viaje comprendía varias escalas a través pueblitos y ciudades antes de llegar. Chicos de la escuela secundaria y demás personas subían a los vagones para charlar con los soldados, desearles fuerzas, suerte, entregarles comida y golosinas. En sí, trataban de sacarle la cara de espanto a los muchachos, que, en definitiva, tenían varias razones para tenerla. Fue en Chovet, un pueblo de dos mil habitantes ubicado al sur de Santa Fe, donde Alberto conoció a Marta, a la cual le entregó un papel de una caja de cigarrillos con la dirección de sus padres escrita. Días más tarde, la carta que ven abajo llegó a la casa del joven soldado.

En el largo viaje en tren, la pregunta que merodeaba por la mente de los que iban a bordo siempre fue la misma: ¿iremos a la guerra? Hasta el momento el futuro era incierto. Y si de incertidumbre hablamos, quien escribe no se imagina la de los padres de los jóvenes soldados. La familia de Alberto, por ejemplo, supo de su paso por Malvinas cuando este regresó a su casa en septiembre del mismo año.

Una vez en Río Colorado, Río Negro, se reunieron todos los soldados de infantería. Jóvenes argentinos que con esa edad hoy en día la mayoría piensa en su viaje de egresados, carrera universitaria, trabajo, etc.

El miedo era un sentimiento constante, y lo único que lo aplacaba era saber que las Islas estaban en mando argentino, por lo tanto, el ejército inglés no atacaría. O al menos eso pensaban.  En la madrugada del 25 de abril, Alberto y su grupo, junto a otros miles de soldados de distintas partes del país y con diferentes tonadas, aterrizaron en Puerto Argentino, en las Islas Malvinas. Muchos de las provincias del norte del país andaban con la misma vestimenta que se les otorgó, un uniforme de soldado bastante suelto para combatir las altas temperaturas. Temperaturas totalmente opuestas a las de Malvinas. Para apaciguar el frío varios pares de medias eran la única solución.

Cerca de las doce del mediodía, el objetivo del grupo del Regimiento de Infantería 12 era llegar a las montañas, que en Malvinas le llaman montes. El transcurso comprendía más o menos 60 o 70 kilómetros a bordo del transporte más seguro del mundo: los pies, y no olvidemos que no iban de zapatillas para escalar. Sobre esos pies congelados iban kilos y kilos de municiones, granadas y un fusil con el cargador de 20 tiros que poco servía para defenderse, ya que el cargador inglés tenía 30. Se darán cuenta quien llevaba más chances de salir vivo en un combate mano a mano.

Una vez llegados a destino, la orden para el grupo de Alberto era una: cuidar los helicópteros argentinos parados en un llano entre las rocosas montañas de los aviones ingleses que merodeaban los cielos como mosquitos en busca de sangre. La tarea era sencilla, cavar pozos de zorros -una especie de búnker de metro y medio de profundidad- alrededor de los vehículos aéreos con capacidad para dos soldados. Uno vigilaba con su arma en la mano y el otro dormía, o al menos intentaba.

En ese lugar donde el sol se escondía cerca de las 3 de la tarde, pasaron horas, y las horas se transformaron en días descargando sus fusiles contra los aviones enemigos, luchando para no morirse de hipotermia y despertándose en la noche con la explosión de algún que otro helicóptero argentino alcanzado por los misiles ingleses. A veces, se veían luces en el oscuro cielo, eran bengalas arrojadas por el enemigo que buscaban detectar el paradero de los soldados argentinos. En ese momento quedarse bien quieto era la única forma de sobrevivir. Es como cuando los chicos juegan al “congelado”, el que se movía, perdía. Y por perder me refiero a ser descubierto y acribillado.

La comida y las municiones de a poco se agotaban, el frío era el mismo, pero parecía que cada vez aumentaba. Lo único que querían esos soldados era combatir y acabar de una vez con esa pesadilla.

El 27 de mayo del mismo año Radio Rivadavia de Montevideo (Uruguay) le informaba al continente que Inglaterra estaba a punto de rendirse, una de las mejores noticias que recibieron los padres de los jóvenes en combate. La novedad también les llegó a los soldados en las Islas, lo que provocó gritos, festejos, aplausos y el sapucai bien fuerte de los correntinos. La realidad era conocida por muy pocos, y es que el que estaba al borde de la rendición era el ejército argentino. Pero todo en la vida tiene un por qué: la información real no se divulgaba por los medios de comunicación para que el enemigo no se enterase de las condiciones en las que estaba el país sudamericano.

El panorama para Alberto y su grupo cambió radicalmente cuando les llegó la orden de ir a apoyar a un pelotón de soldados que combatían cuerpo a cuerpo y que de a poco se debilitaban. En Puerto Darwin, esperaron alrededor de una hora en el lodoso suelo hasta que escucharon a los lejos los helicópteros argentinos que venían a buscarlos. Lo que en ese momento fue una mala noticia, ya que verían al enemigo de frente y las chances de salir vivo eran muy pocas en comparación a estar dentro de los pozos de zorro, se transformó en buena, porque por ese lugar donde estaban esperando pasó todo un ejército inglés media hora después de haber partido. Una vez arriba, comenzó la desesperación y el pánico se multiplicó por mil. Minutos más tarde, el inglés atacaba sin piedad a los jóvenes argentinos mientras estos pegaban el salto a tierra firme. La cosa en ese momento era más o menos así: si escuchabas el silbido de una bala, relajate, el tirador erró el disparo; si no escuchabas nada, rezá, la muerte venía directo hacia vos.

Pasaron algunas horas cuando el reloj marcaba las 12 de la noche y Alberto arrancaría su cumpleaños número 19 con una buena noticia, o tal vez mala. El pelotón al cual iban a reforzar se había rendido y cayó prisionero. Más de mil hombres en manos inglesas, lo que a estos no les quedó otra alternativa que optar por la misma opción, rendirse e ir preso, ya que seguir combatiendo en esas condiciones era prácticamente en vano.

Fue un largo trayecto en el transporte más seguro del mundo, atravesando arroyos y montañas hasta llegar a base inglesa. Grandes galpones con corrales de ovejas adentro cumplían el rol de cárceles para los soldados argentinos. La lana servía de cobija para algunos. ¿El baño?, el baño se compartía con los ovinos. Un lugar que (piensa quién escribe) no desearía dormir nadie. Alberto estaba tranquilo, sabía que una vez preso el enemigo no podía tocarles un pelo, pero el terror seguía constante.

Los soldados “tras las rejas” tenían varias tareas que hacer, algunos salían a recoger los cuerpos de sus compañeros caídos en combate, otros limpiaban casas de civiles y aprovechaban un rato la estufa. La orden para Alberto y algunos presos más era trasladar armamento a otro cuartel que estaba a menos de 200 metros. Lo que parecía un simple trabajo terminó con seis argentinos muertos y otros tantos con las pestañas y parte de la ropa quemada a causa del estallido de dos minas escondidas en el piso.  De ese pequeño grupo de soldados que sobrevivió, Alberto era el único que más o menos manejaba el idioma del enemigo, lo que le sirvió para responderle a su opresor cuando este pregunto cómo estaban luego de la explosión.

Pasaron un par de días cuando todo parecía llegar a su fin, hubo un pedacito de esperanza en los desnutridos y agotados soldados. El grupo de prisioneros fue embarcado en un buque inglés con la bandera roja en lo alto con destino a Montevideo; de Montevideo los trasladaron a Campo de Mayo, Buenos Aires, para después de dos semanas regresar a Mercedes el 20 de junio. En agosto del 82 Alberto recibía su primera licencia; días después, el 24 de septiembre, el joven chaqueño abrazaba la baja completa para reencontrarse con sus padres en su casa.

En el año en que la democracia se estableció nuevamente en la Argentina, mismo año en que Miguel Alasino se hacía con las elecciones locales, Alberto intentó continuar con sus estudios de maestro. No lo logra. En el 84 emprendió una etapa de trabajos en fábricas textiles y de autos en la provincia de Buenos Aires. Fue allí donde conoció a Mari, y luego de cuatro años de noviazgo se casaron para terminar, en diciembre del año 2000, como vecinos de Maciá.

Las ganas de ver la celeste y blanca flameando sobre esas tierras argentinas sin que se derrame sangre, la necesidad de volver para cerrar un ciclo en su vida y visitar a sus compañeros en el cementerio, y aquel recuerdo de esos meses que parecieron años, viven en la mente del héroe maciaense. ¡Gracias Alberto! ¡Gracias soldados!